1-La infancia


 

Según confesaría mas adelante el propio Doctor Sutka, la muerte de su padre, vestido de payaso, gritando como un loco y corriendo en círculos por la pista, no le provoco ningún tipo de trauma, muy por el contrario, le parecía una estupenda oportunidad para poder dormir en su camastro y así abandonar de una vez por todas la jaula de las hienas.

Pero el privilegio del que Alexander empezó a disfrutar no le iba a durar demasiado, ya que una semana después de la muerte de su padre, la pobre viuda descubre nuevamente el amor en brazos de Sansón, el hombre forzudo del circo, y es obligado a volver a su dormitorio anterior. Y nuevamente las dudas asaltan al joven Alexander, que no acaba de comprender si la risa de sus compañeras las hienas era debida a verle nuevamente compartiendo alojamiento con ellas o la curiosa estampa de la pareja formada por Sansón, el forzudo, y su madre, la enana domadora.

Debido a que sus padres eran artistas circenses en constante movimiento por Europa y Asia, no se sabe con seguridad el lugar donde nació el Doctor Alexander Sutka, pero algunos biógrafos aseguran que debió tratarse de algún lugar del Caucaso.

Así mismo, la fecha exacta de su venida al mundo también resulta un misterio, que podríamos situar entre los años 1620 y 1625.

Su padre, payaso de profesión, y su madre, la domadora enana de hienas del circo Kircof, le dieron una infancia relativamente feliz para la época, pese a que tenia que disputarse la comida con las hienas a muy temprana edad, hecho que posiblemente marcaría la curiosidad natural por la risa que las hienas parecían echarle en cara a un hambriento y visiblemente enfadado Alexander.

El hecho de llevar una vida nómada entre las pequeñas poblaciones prácticamente analfabetas le llevo a conocer variedad de culturas y a percatarse que en cada una de ellas los motivos que provocaban la risa entre el publico que asistía a las representaciones que sus padres ofrecían eran de lo más diversas, y en ocasiones observo que el chiste que funcionaba estupendamente en algún punto de China, era el mismo que desencadenaba un intento de linchamiento en Alemania. Detalle que al pequeño Alexander no le pasaba desapercibido dada la atenta mirada de nuestro niño.

Pero el momento decisivo que marcaría el deseo de investigar el humor como fenómeno universal se producía una cálida noche veraniega, durante una representación en una pequeña población austriaca, al romper su padre, de manera fortuita, una pequeña lámpara de aceite que provoco que se viera envuelto en llamas y soltara grandes alaridos, lo cual provoco una inmensa oleada de carcajadas del publico asistente, que por primera vez en muchos años no exigió se les devolviera el dinero de las entradas.

Este punto fue determinante en la mente de Alexander, incapaz de entender por su corta edad si el motivo de las risas era que todos pensaban estar viendo una parte de la representación o sencillamente que les hacia felices ver el final del que fue denominado por los faranduleros de la época “ El peor payaso del maldito mundo”

 

Parece que este fue el móvil decisivo para que Alexander abandonara definitivamente el circo Kircof y se instalara en las afueras de Paris, donde no tendría que compartir su comida y su lecho nunca mas con aquellas hienas pestilentes, ya que ahora se integro perfectamente entre una manada de perros sarnosos que reconocían su liderazgo, como el mismo Doctor Alexander Sutka presumiría años después, pues no volvió a escuchar ni una sola risita de sus nuevos compañeros, pese a que el asunto de la comida siguió siendo un problema parecido al que tenia con las hienas.

Entre los años 1630 y 1640 Paris resultaba una ciudad enorme para la época, sus calles atestadas de gente eran un espectáculo para los sentidos, y sin embargo, las dificultades de la vida cotidiana no hacia fácil encontrar una sonrisa franca entre la harapienta y miserable población, de modo que el joven Alexander, que debía tener no más de 12 años, sufre terriblemente al verse alejado de su niñez, cuajada de carcajadas en la pista circense que le vio crecer.

Aun se conservan algunas de las cartas que escribiría a su madre añorando las bromas y los chistes que podían oírse entre bambalinas en el viejo circo Kircof.

Y fue precisamente esa sequía de sonrisas lo que hizo despertar en Alexander una nueva pasión, el arte, ya que según consta en el archivo del museo del Louvre, que por aquel entonces era uno de los mas destacados palacios parisinos, el joven se pasaba horas contemplando la enigmática sonrisa de la Gioconda, sin acabar de comprender como era posible que al mirarla a los ojos, uno tuviera la sensación de ver a la misteriosa dama esbozar una sonrisa, mientras que si dirigías la mirada a sus labios, aquella picara sonrisa cesaba inmediatamente.

La suerte se acabo de definir cuando una noche consigue sortear la seguridad del Louvre e introducirse en su interior con el propósito de robar el cuadro, pero Alexander solo es un jovencito lleno de sueños y granos, y se pone tan nervioso durante el robo que por equivocación se lleva del museo la tumba de Philippe pot ( 1493) la cual arrojaría dos días después a las frías aguas del Sena, pues le resultaba aburrida y ponía muy nerviosos a los perros sarnosos.

El joven empieza por aquel entonces a pintar, tratando de emular a Da Vinci y su genial creación, su voluntad es férrea y su objetivo es claro, aunque tenga que pasar toda su vida trabajando al final conseguiría pintar la mona. Dibuja todo aquello cuanto ve, presa de una actividad febril, hasta terminar agotado, agotado sobre todo de intentar arrebatar a los perros sarnosos los dibujos que no dudaban en comerse en cuanto se descuidaba lo mas mínimo.

Durante unos diez años, parece olvidar el fenómeno de la risa y el humor para centrarse en el estudio del color, la perspectiva, la composición. El dibujo y la pintura le tienen totalmente poseído y en ellos vuelca todas sus energías.

Cierta noche, en una de las muchas tabernuchas que frecuentaba nuestro joven aprendiz se encuentra con Pierre Allen Chabaneix, con el cual simpatiza inmediatamente y traban una amistad que duraría toda la vida, ríen sin cesar durante toda la noche, entre vasos de licor y vino barato, y al despuntar el amanecer, se despiden efusivamente reconociéndose como hermanos, como almas gemelas.

No volvieron a verse nunca, pero aquel encuentro reavivaría el interés de Alexander por el humor y sus mecanismos más ocultos.


 

 

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