En un alarde de imaginación científica, el Doctor Alexander Sutka gasta inmensas cantidades de dinero destinados a pagar a los campesinos que colaborarían con él en calidad de sujetos de estudio del humor cardiaco. En dichos experimentos, tras inmovilizar al sujeto en una mesa, se le abría el esternón y se le mostraban una gran variedad de imágenes hilarantes con el fin de medir las reacciones ante estas del sistema cardiovascular.